Más después

Esta noche tengo la sensación de que no dormiré tan plácidamente como de costumbre. Pero al final, aunque con una dudosa determinación, me resigno a seguir mi proceso vital y a tumbarme en la cama. “Algo tan cómodo no puede depararte nada malo”, pienso mientras busco esa postura que siempre se nos escapa, pero que, sin duda, habría de garantizarme soñar con algo que nunca me ha dejado de parecer grotesco (por no utilizar un adjetivo peor): cuerpos de bebés con alas revoloteando alrededor de un señor de avanzada edad (y tan avanzada) que fuma puros habanos, tiene una cesta con relámpagos (en vez de la dentadura postiza sumergida en un vaso de agua) junto a su trono celestial de nube algodonada y cuyo nombre de pila es Dios.

La idea de que llegue mañana no es del todo desagradable, pero sí irremediablemente agobiante. Fracaso en mi intento de adaptar mi figura al colchón. Las vueltas se suceden con tal rapidez que mi estado empieza a asemejarse al de embriaguez. Bien, tranquilo, me digo. No existe peor forma de afrontar la inminente experiencia que con unos ojos rojos de insatisfacción, conscientes del insomnio que los azota. Nunca fui bueno autoconvenciéndome de la comodidad del somier, así que, tras desechar el absurdo método de contar ovejas (las mías siempre se estampan contra la valla), mi mirada se queda varada mientras distingue figuras en el gotéele de la pared. Finalmente, la oscuridad se hace total escuchando una de las tantas obras maestras de Quique González, cuyo nuevo disco, “Avería y redención”, está ya disponible en las mejores tiendas de música.

Oh, no, otra vez la misma mierda…después de un duro y fructuoso día de no hacer nada, llego a mi barrio; ya sabéis (o no), esa típica zona con algún parquecillo situada entre el centro y el extrarradio de una ciudad, tranquila pero cercana a lugares de mi interés, en su mayoría, puntos de encuentro. Bueno, tras unos pasos, alcanzo el portal de mi edificio de cinco plantas, penetro la cerradura con mi llave (que siempre es mejor que, simplemente, abrir la puerta) y me dispongo a usar el ascensor; no ha sido un mal día, pero no tan excitante como para subir cuatro pisos a pie. Las puertas del elevador se abren chirriando y, debido al incompetente mantenimiento, las luces del mismo parpadean de forma inquietante. Pff, típico, pienso para mis adentros. Pulso el botón con el símbolo 4 y la jaula con aspecto de cine de terror oriental empieza a subir.

De momento, todo va bien. Pero, de pronto, el primer imprevisto sucede: no me he parado en el cuarto piso. Sí, eso era raro, pero más extraño era que después del quinto piso alcanzara el sexto. Me tranquilizo a mí mismo pensando que ahora se puede llegar a la azotea con este viejo trasto, pero de nada me sirve, ya que ahora rondo la décima planta; y que yo recuerde, no he visto últimamente albañiles construyendo más pisos, ni que no cupiésemos.

Bueno, ejercicios de relajación, me digo a mí mismo (es curioso ver como la gente finge poder, o querer estar tranquilo cuando está en un ascensor, que no es el del Empire State Building, que asciende cada vez más rápido y ya señala la planta 120). Al llegar a la 200, un nuevo y alentador pensamiento me invade la cabeza: he muerto. Ya sé que eso no suena bien, pero, al menos, estoy subiendo y no bajando, Dios no me guarda rencor por no haberme mojado la cabeza al nacer con agua del grifo “bendita” (si puede ser ambas cosas). Pero el cielo está más lejos de lo que yo creía. Alrededor de la planta 1000 el ascensor empieza a tener “turbulencias” y la altura y consecuente presión no me dejan respirar con normalidad. Joder, ¿se imaginan una situación más agobiante? De pronto, me desmayo y un cristal ahumado me viste los ojos.

Me enderezo un tanto sudoroso y agitado y aspiro todo el aire que me cabe en los pulmones, por si fuera a ser el último. Pero, al parecer, aún no me corresponde rayar con las uñas una caja de madera. Era un sueño, y el tacto de las sábanas empapadas (espero que en sudor) me lo confirma.

Bien, pues ésa es la pesadilla que me lleva atormentando desde que era niño. Algunos se estremecen ante la posibilidad de quedarse encerrados en un ascensor parado, pero yo no. Siempre muestro una sonrisa burlona cuando oigo: “Ay, no saltes ni hagas tonterías no vaya a ser que nos quedemos parados entre dos pisos”. Pero serán inconscientes. No saben valorar lo que es quedarse parado a unos 20 metros, como mucho, sobre el nivel del mar, entre dos pisos, esperando a que acuda al rescate alguien con los calzones por fuera. Lo que daría yo por quedarme atrapado en un ascensor inmóvil y con la iluminación bien regulada, en vez de trepar hacia el infinito en uno salido de mi retorcida imaginación, a la espera de estrellarme contra el sol.

Desgarro las sábanas de mi cuerpo como el cazador que desprende la piel a alguno de sus macabros trofeos. Con un giro mal engrasado de mi cuerpo mis pies tocan el gélido suelo, de gran hostilidad a estas horas tan mañaneras. Unas espuelas oxidadas por la transpiración me conducen hacia la puerta del baño. Al dar la luz, la mirada, nunca tan familiar como quisieras, que me envía el espejo peca de osadía y malicia, lo que nunca me sugiere nada bueno. Al devolverle la mirada con confianza e intimidación, me tropiezo con mis ojeras. Se me antojan como balancines de aspecto tétrico, incluso gótico, que se muestran inquietos y misteriosos en la noche. Los residuos legañosos y las lágrimas paridas por el cansancio disfrutan de un suave vaivén y asientos de primera fila para ser testigos del espectáculo estético, onírico y burtonesco (inventada a saco) que interpreta mi reflejo sin ninguna compasión.

Es curioso ser testigo del macabro método de Dios para arrancarte las alas con su rabia divina y propulsarte hasta el suelo con una velocidad aturdidora, apabullante, que no te deja adaptarte a esta arrolladora dimensión. En la caída resbalas con esa viscosa sustancia, esa que llaman realidad. Así, y sin previo aviso, te das cuenta de la trivialidad con la que tus músculos se mueven, la estupidez con la que tu piel ha mancillado la tierra.

De pronto, y mientras ando por el pasillo, me siento iluminado por acordarme y ser consciente de la ridícula voluntad que tiene el homo sapiens para ser humano. Recuerdo la guerra, la enfermedad, el egoísmo, el despotismo, la envidia, el hambre en el mundo, la pobreza, la destrucción del planeta, la violación, el asesinato, el genocidio,… la cordura… Me siento soñador, con la capacidad de guerrillear el mundo solo por haberme atrevido a reparar en la cuestión.

Sí, ya me siento mejor, las alas vuelven a crecer, estoy a punto de levantar el vuelo… Rozo con los dedos una libertad ilusoria; pero cometo la imprudencia de entreabrir la mirada. El tiempo se congela, retrocede y Dios vuelve a salirse con la suya. Observo con decepción descaradamente hipócrita mi habitación. Miro las tres Playstations, la televisión de tamaño más que suficiente, el ordenador portátil, el disco duro, el DVD, el sofá cama de comodidad óptima, etc. La sonrisa burlona de mis bienes me recuerda que estoy atrapado en la sustancia viscosa más de lo que pensaba, que aún me queda un largo y perezoso camino hasta poder observar el mundo desde fuera y ser capaz de rasgar el destino.

No, no me veo de revolucionario. El sistema es una grandísima e inconsistente mierda. La mayor mierda defecada tras siglos de estreñimiento. Para empeorar la situación, yo naufrago torpemente en este océano fecal.

Después del mal trago existencial, un impulso eléctrico escala, zigzagueando de forma ágil y dinámica, los afilados riscos de mi columna vertebral. Al parecer, mis famélicas células requieren un atracón de nutrientes. Una necesidad imperiosa etiquetada como “comer” se apodera de mí, lo que me empuja inexorablemente hacia mi guardián culinario, el frigorífico.

De camino, una impresión llama mi atención, distrayéndome unos momentos. El papel es rugoso y plegable, débil y desechable. 20 años sin él, grita en perfecto silencio. Y en perfecta armonía con mi pasado recuerdo el silencio y su perfección en el día anterior. Y en perfecta sincronía con la geometría se reitera el texto y la fotografía. Y, además, recuerdo el nombre. Su nombre era Noah Magnusson.

Un nombre decepcionante, no me dice nada, pero su fisiología es otra historia. La frente, la mirada, las fosas nasales, la piel, el pelo negro, el mentón escuálido pero afilado, la barba,… había fuerza, muchísima, en ese primer plano. Así, con vigor indescriptible, se deslizó la brocha sobre aquel busto, desparramándose por los pómulos en pequeñas y azarosas imperfecciones. Su escandinava palidez se superpone a lo largo de su escabroso semblante, como si desde que naciera el viento gélido hubiera azotado sus facciones.

Ya se sabe lo que dicen, el frío extremo da lugar a obsesivos fabricantes de abrigos. Por ello, en aquellos párrafos se describe su ímpetu en la lucha y la virtud del enfurecido activismo que practicaba. No hay voz , pero no necesita existir tal cosa, el silencio de la instantánea me lo chilla todo al oído. También había referencias a los obstáculos y a los compañeros que le auparon para superarlos. Algunos de ellos fueron abatidos en la batalla, torturados por la guardia planetaria o aplastados por bidones repletos de veneno. Era idolatrado por unos y temido por otros, mas no demasiado. Al fin y al cabo, solo era un hombre. Ya solo quedaba espacio para una cosa más, sus familiares, que siempre lo quisieron pero que fueron perdiendo gradualmente su interés en el heroísmo y, directa y simplemente, su interés. La soledad se cirnió sobre él… y, ahora, hace ya dos décadas que se esfumó. Y no quería significar que escapó con el pene entre las piernas, sino algo más sencillo, un suspiro y adiós. Sí, definitivamente, esfumarse era lo más lógico.

Tras resituarme en mi hambrienta necesidad, cruzo perezosamente la cocina hasta encontrarme cara a cara con la nevera. Giro la puerta despacio, para disfrutar el momento. Para poder saborear los segundos que me mecerán hasta una nueva dimensión de color y aromas. El mundo entero está bajo mis pies.

La verdad es que las ilustres personalidades que inundan la mitad norte del mundo no han aprendido a valorar, tras siglos de perfeccionamiento, lo que significa y simboliza cruzar esa frontera gastronómica y ver que, al otro lado, una orgía de variedades te incita con una mueca de lo más persuasiva.

Localizo mi objetivo, mi presa. A pesar de no poder enfocarlo con precisión, dada la escasa lubricación de mis párpados, preparo un suculento tentempié con rapidez y entusiasmo.

Al amputar el primer bocado y sentir que mis dientes quedan ensangrentados en chocolate, recuerdo un aforismo que siempre he proclamado con vehemencia: “Comer es el único placer que rivaliza con el sexo”.

Sí, es cierto, pecar de gula es una grata forma de rebeldía, junto al sexo. Sin embargo, siempre olvidamos que en algunos continentes, uno en especial, se folla demasiado para compensar la miseria. A falta de pan, buenos son orgasmos. Pero,… eh!, que no cunda el pánico, no debemos preocuparnos ni odiarnos por estas contagiosas y agitadas prácticas. El remordimiento es demasiado estresante. De todas formas, tampoco les va tan mal. Seguramente ellos se divierten jactándose de nuestra falta de pigmentación.

Seguidamente, y de vuelta en el primer mundo, mis papilas gustativas se encuentran en el Nirvana del colocón sensitivo. Cada trozo de este bollo relleno y cuidadosamente orneado (¡que chicos tan dedicados los de Mercadona!) que hundo cruelmente en la leche (haciendo caso omiso a sus súplicas mientras esbozo una pícara sonrisa) constituye un momento que guardar en la memoria, el chute que necesitaba. Pero, de pronto, algo muy malo ocurre. Un sonido aborrecidamente estridente y molesto estropea mi ciclo alimenticio; como si el pequeño ser demoníaco que vive de ocupa dentro de mi cabeza hubiera decidido matar el tiempo rallando con su tridente las paredes interiores de mi cerebro. Desde luego, a uno no le dejan disfrutar de algo en su totalidad. Siempre tiene que existir algún chisme con un gran afán de protagonismo que pretenda joder tu frágil felicidad. La cuestión estriba en nuestra capacidad para ignorarlo.

Ring, ring, ring, rrrrrrriiiiiiiing… Sí, eso es, la incoherencia materializada. Se imaginan contar únicamente con un registro de voz. Digo más, con una sola onomatopeya que brindar al aire que sólo pueden variar en longitud y fuerza sonora. Se suicidarían, ¿verdad? ¡qué cuerdas vocales tan uniformes y carentes de originalidad y riesgo!. Pues parece ser que objetos como el despertador han aprendido a soportar su vida monófona, monótona y monoanimada. ¿Cómo algo tan pequeño e inerte puede llegar a convertirse en tu peor enemigo? Aunque, llegando unos metros más allá, ¿quién fue capaz de ser tan cabrón y pragmático como para parir con cesárea y sin epidural las pilas alcalinas? Seguro que el mismo psicópata retorcido que inventó los tacones.

La hora señalada y subrayada con rotulador permanente. ¡Qué cruel es el tiempo, joder! El minutero casi toca con la punta de los dedos la hora en punto de las siete a.m. Es decir, que dentro de una órbita y media de reloj tendré que afrontar y agonizar mi primer día en mi nuevo trabajo. Una oficina de patentes, ese es mi nuevo destino general. Vislumbro un humillante escritorio reducido y encajonado en la simétrica colmena que se extiende a lo largo y a lo ancho de la planta 26 (más ascensores…). Esto supone largos días de aburrimiento frente a inagotables listas de números y cálculos. ¿Quién sabe?, quizás acabe descubriendo una gran teoría de la física.

Me despierto de la silla de la cocina como si la erradicación del SIDA dependiera de ello. Tras deslizar un pie tras otro, a regañadientes, regreso para recordar, para volver a encontrarme con mi gemelo opuesto, en el aseo. No dudo ni por un momento ninguno de mis movimientos, aunque no los desee. Un grifo prisionero de la bañera esputando agua, un cuerpo desnudo impactado por hirvientes salpicaduras, un residuo jabonoso embadurnándolo, un diluvio local reduciendo al gel de baño, una entrada en boxes de la situación, una cortina corrida por una mano y una figura recién parida tanteando la alfombra del suelo para, después, alcanzar la toalla más cercana e intentar cobijarse de la humedad.

La alfombrilla, cortesía de algún hotel, es de un tacto áspero. Debí haber comprado aquella de césped casi natural por casi treinta euros. Arrastro mis pies como si ya supiera donde voy. Confieso que me enorgullezco de haber descubierto que salir de una ducha calentita es el método del ser humano para recordar su gestación (época de máxima hegemonía personal y de facilidades infinitas). Sí, no es broma. Cualquier individuo consigue recomponer su autoestima después de un suave, cálido y edificante baño. Vernos ante el espejo, cubiertos de los restos del líquido amniótico, nos reconforta en todos los sentidos. Las arrugas, cicatrices, frustraciones, traumas y desperfectos de todas las índoles posibles acumulados y atrincherados en el ejercicio de la vida, desaparecen y son sustituidos por una versión formateada y rejuvenecida de nosotros mismos. Es como volver a nacer, de ahí, la satisfacción que conlleva. No es más que la respuesta valiente e impulsiva de la nostalgia de Edipo o Elektra que todos acabamos padeciendo.

Bajo la mirada y… ¡joder!. Mi pene está tan flácido como el día en que nos conocimos. Hace ya veinticinco años de eso. Quizás pensaréis que estoy esquizofrénicamente chiflado de narcisismo. Y, probablemente, ese es uno de mis defectos. Aún así, he de confesar una locura. Recuerdo nítidamente, aunque un tanto rojo y viscoso, el día de mi nacimiento. Fue la más perversa y retorcida violación de la intimidad de toda mi vida. Diría que es incluso mejor que te sorprendieran con una laboriosa paja entre (muy entre) las manos (¡No me mires así, así no!).

Mi remota historia comienza una placentosa mañana del 25 de diciembre del año 0… … … Perdón… … … del verano del 84. Aquel día todo parecía ir bien. Por fin sentía un par de manos y un par de pies bien tejidos, de metabolismo definido, y un tercer brazo que me crecía en la entrepierna del que no alcanzaba a adivinar la utilidad. Todo a mi alrededor se disfrazaba de jornada rutinaria. Nada más lejos de la verdad.

En menos de cuatro horas mi microcosmos arrancó a contraerse de dolor, estallando en temblores de auxilio (mis primeras turbulencias). La hostil represión de mi propio hogar comprimía cada uno de mis torpes movimientos, rechazándome hacia el exterior. El tanque se estaba vaciando.

Tras haberme planteado la difícil alternativa de no volver a arroparme en mi casa de toda la vida, me doy cuenta de que solo quedaba la más indeseada de las opciones… ¡Saltar!

Todo se precipitaba hacia un mismo punto luminoso, misterioso y despiadadamente cegador. El tacto visceral de aquel cuello de botella no animaba a atravesarlo. Pero no había otro camino. Comencé a vislumbrar el final de aquel túnel infernal, sin saber que lo siguiente lo sería aún más. Cuando mi cabeza ya sentía el tacto frío y árido del nuevo mundo algo ejerció una inesperada y dolorosa presión sobre mi cabeza, succionándome aún más hacia fuera. De sopetón y sin ninguna delicadeza, algo me agarró del cráneo y me elevó. Por si eso fuera poco me asestó unos azotes en el culo. Vaya mierda de nueva morada… “¡¿Eh, pero qué hacen?!… Serán mamones… ¡¿Qué coño cortas?!… ¡No, no, el cordón, no!… ¡Lo necesito para volver!… ¡¡Maldito ignorante bastardo!!… ¡¡¡Lo necesitó para vivir!!!… … … Podríais haberme cortado el enigmático tercer brazo… ¿Para qué quiero deformaciones?”.

Antes de poder despedirme de mi lazo con un pasado mejor, fui envuelto en unas capas ásperas e irritantes. Llegué a pensar que no salía de aquella, antes incluso de aprender la existencia de la muerte… Pero, para mi sorpresa, me vi abrigado y arrullado dulcemente por una sensación cálida y suave que me resultaba demasiado familiar, rodeándome de una atmósfera protectora. Desde aquel momento, aprehendí la certeza de que allí siempre estaría seguro.

Así fue. Y no os miento. Os he relatado el resumen de catorce horas de parto. Este acontecimiento se alió con mi parsimonia característica para que mi padre llegara al convencimiento empírico de que nací cansado, y que esa fatiga me persigue desde entonces. Y la verdad es que, razonando el prólogo de la vida, uno se cuestiona por qué tanta prisa tras nueve meses calentando banquillo.

Tras volver de mi introspección momentánea, me seco cada parte y extremidad con rapidez, frotando la toalla con ahínco para no enfriarme. Después de lavarme los dientes y adecentarme un peinado desenfadado, intentando perezosamente simular la rectitud, abandono la nube de vapor casi inescrutable en que se ha convertido el aseo.

Entro en mi habitación y me distraigo observando la silueta del hueco perfectamente acomodado en mi cama, suplicándome que no le deje desvanecerse sin haber sido útil una vez más. Un último descanso no me vendría mal, pero la llamada del deber es así de inoportuna, impaciente cuando menos debe. Abro el armario y un par de cojones y agarro lo primero que me parece aceptable: unos calzones algo gastados, calcetines demasiado finos para el temporal que ostenta el invierno, una camiseta negra sin un solo detalle, el primer vaquero que encuentro, una camisa azul algo azotada, una chaqueta medio vaquera y unos zapatos que odio mucho. Me visto con la torpeza que otorgan los nervios, me miro y pienso: “¿qué tipo de imagen social me he construido etiquetando mi ‘yo’ con la marca Mercadillo de Abuelas? Da igual, no tengo tiempo para pensar en mi proyección al público. Hay que pirarse ya”.

Salgo escopeteado de mi casa, sin preocuparme por lo que dejo atrás: la ropa sucia continúa en una esquina del baño, la toalla en el suelo de mi habitación, el armario y los cajones abiertos y mi desayuno a medio disfrutar en la mesa de la cocina. No me molesto ni en cerrar la puerta con cerrojo. Ni siquiera me paro para inquietarme observando el ascensor y sus traicioneras puertas. Un único pensamiento ocupa mi cabeza, llegar a tiempo al trabajo. Esa imperativa se contagia a todas mis acciones, gestando una necesidad insistente que me dictamina que me desplace a mucha velocidad. Hasta el elevador padece la inquietud del tiempo, descendiendo los cuatro pisos sin atreverse a deambular por otras dimensiones.

La luz que se cuela a través de la puerta principal presagia un día nublado,… lluvioso,… gris,… triste… Me resuelvo a atravesar la predicción girando la puerta. Y de repente mis ojos se esconden cegados por lo que parecía ser un brillo celestial que me acosa con su poder divino. Me empeño en ello y consigo asomar los ojos a ese territorio desconocido y místico en cierto sentido… (¡Joder, la ostia!)… Lo que se presenta amistoso justo delante de mí no puede ser verdad, y mucho menos real. Pero su verosimilitud es a la vez increíble.

En frente de mí se extiende una tierra emergida en el mismo arco iris. Las montañas se alzan reinantes en el horizonte, arropadas por frondosos mantos de flora y fauna. El sol fulgura con la intensidad de una galaxia. Las nubes, rosadas en el lomo, bailan lentamente, tanteando las cumbres más altas y buceando en el cielo de colores fuertes fusionándose. No se limitan a eso, sino que se retuercen en esculturas abstractas para la vista, que transmiten, aún así, una agradable y definida energía positiva. Las golondrinas y los pelícanos se alejan hacia este nuevo amanecer. La riqueza animal revolotea entre la vegetación que abriga cada rincón del valle. Los peces, de tonos exóticamente mágicos, luchan contra la corriente y son cazados por un oso pardo. En seguida dirijo mi mirada hacia el río, caudaloso y excitado. Se enorgullece de encarnar al otorgador de la vida y de descender de un castillo majestuoso incrustado en la montaña central que, no se por qué, me recuerda al de la emperatriz infantil en ‘La historia interminable’, la Torre de Marfil. Todas las cosas vivas e inertes de aquel lienzo paisajístico se mostraban agradecidas por integrar aquella perspectiva, como si fuera su primera vez y nunca hubieran existido antes.

Intento almacenar una imagen global de aquella demostración de la omnipotencia de la naturaleza. Una fotografía que albergara todas aquellas emociones unidas en un orgasmo de sensaciones. Acaricio la brisa mientras me maravillo de aquel espectáculo. Y entonces, chas. Dios sacude mi cabeza y todo se va a la divina mierda. Esta omnipresencia siempre tiene que joderlo todo. Será retorcido y cabronazo (por cierto, no me interpretéis mal, yo soy creyente. Lo que pasa es que me cago mucho en Dios). Cada brizna de felicidad se esfuma como la vida en una guerra.

¿Qué demonios había sido o significado aquello? ¿Había sido solo una ilusión? No lo sé. Además, parecía tan real. A veces me planteo la posibilidad de que mi cuerpo elabore y suministre su propio LSD, harto de la verdad y de sus estratagemas. Si la realidad es un lienzo en blanco yo prefiero crear que esperar sentado, mientras observo.

El nuevo escenario, para ser sincero, no es muy innovador. La misma bazofia pseudomoderna del mundo real. La acera que contiene mi portal se extiende gris, accidentada y repleta de suciedad hasta donde alcanza la vista, como si pretendiese ser un espejo del cielo, cancerado de ser fumador pasivo. Un papel arrugado, un pañuelo moqueado, una portada de la revista Intervíu, un donut mordisqueado, una cerilla, huellas de tinta, un escupitajo, un par de mendigos, un dedo humano, un cigarrillo… cigarrillo. Me congratulaba haber reprimido estoicamente ese pensamiento hasta ahora, pero su prolongación es evidentemente estúpida. Meto la mano derecha en el bolsillo derecho de mi chaqueta y compruebo que, satisfactoriamente, ella se ha ocupado por mí de traerlo. Abro el paquete algo manoseado y cojo un lucky que miro de soslayo e inmediatamente coloco entre mis labios. Acto seguido, agarro de mi bolsillo izquierdo la caja de cerillas para coger un fósforo y rasgarlo contra la caja, obteniendo un chispeo. Tras absorber la combustión y encender el cigarro, arrojo la cerilla a un charco de la carretera, donde agoniza la última chispa, mientras yo continúo mi camino ladeando un rastro de humo.

Camino por el borde de la calzada, resuelto pero tanteando el terreno, por si trastabillo en el lado peligroso. En sentido opuesto, algunos ejemplos de las otras caras de la realidad. Una madre con la edad más estresada que ella misma; la niña, de brotes adolescentes, intenta mantener su ritmo arrastrada por la muñeca; ambas corren contra el viento y el tiempo. Una señora de aspecto centenario pasea torpemente mientras agarra la correa que mantiene a su perro patada a raya. Un chaval de mirada abstraída y desorientada que me recuerda lo descaminado que me encuentro yo también. Una muchacha veinteañera de lo más sugerente de rostro pálido y nariz enrojecida por el frío, con los ojos claros tras un flequillo, que me sorprende con su andar atractivo y su gesto gracioso con gafas perfectamente elaboradas sobre sus facciones perfiladas con inmensa sutilidad. Algún hombre de negocios perdido y engordado por sus fructíferas inversiones, un anciano que intenta caminar erguido mientras alza la vista hacia el cielo (para ir acostumbrándose), … humanos, … al fin y al cabo, humanos en general. Personas cuyas vidas son probablemente iguales o más somníferas y desvalidas que la mía.

La carretera, por su parte, marcaba sus propias normas. En una calle de dos carriles, uno para cada sentido, el tráfico se asfixia con mayor facilidad y crispación, aunque la densidad no sea especialmente grande. Las líneas divisorias blancas e intermitentes casi se confunden con el asfalto debido a la capa de mierda que las maquilla. Los desperfectos resultantes de la pasividad de la alcaldía provocan desniveles y grietas de bifurcaciones venosas que accidentan la tracción de las ruedas y el trayecto a la mina. Dirijo mi vista hacia la otra dirección y avisto un autobús de pesado avance abarrotado de sacos de carne con tristes expectativas recién levantadas de la ingenuidad y con la mirada sangrada por la monotonía y el cansancio. Los gases que defeca se materializan en una niebla poco húmeda e irrespirable que parece salir de los corazones de las personas que usan el transporte público. Si yerro el paso, podría resbalar en esa vertiente inhóspita y carente de compasión cuya anarquía puede mandarte al otro barrio. Así que, me adentro un poco más en la acera esquivando a un niño de unos diez años que corre con su mochila.

Cuando ya me encuentro alcanzando el final de mi calle puedo adivinar su desembocadura en una avenida mejor jerarquizada, un ecosistema más belicoso, si cabe. Pero, en aquel estanque temporal, algo llama mi atención. Mirando desinteresadamente hacia los puntos ciegos del eje cardinal enfoco casualmente una ventana sucia y casi carbonizada por la falta de luz, situada en el segundo piso de uno de esos edificios clásicos que, posiblemente, albergaron un teatro popular, con el alegre tinte del plebeyo. A través de aquel velo mugriento de cristal, un anciano postrado en una silla de ruedas observa fijamente la siguiente bocacalle. Sus ojos vibran nerviosos mientras aguantan sus persianas entreabiertas, arrastrados por unas casi imperceptibles cataratas. Estos se ramifican desde la comisura de los párpados en surcos agrietados por las inundaciones torrenciales del sufrimiento vital. Estas arrugas conectan como un sistema de caminos derruido por los años el resto de los puntos básicos de la cara y la calva, que aún ofrecía dignamente algún retoño. El bello que puebla sus desgarradas orejas y su torcida nariz conseguía evocar el deterioro de la existencia con los líquenes ofuscando aquel tejido. La boca se pliega sobre sí misma debido a una dentición ausente, con la mandíbula anormalmente recogida, dejando a la intemperie los bordes de los labios, desquebrajados e inútilmente untados en vaselina, de brillo pringoso. Con una energía desconocida sitúa su mirada en mí, súbitamente, sin un ápice de compasión. El gesto se fija a mi tejido emocional con un odio de lo más recriminatorio y nostálgico a la vez. Odio a sí mismo y a todo lo demás. Odio al cariño arrebatado, a la soledad impuesta, a la rutina enrejada, a la rapidez de los ciclos solares, a la fugacidad de la lucidez, a las inquisitivas ojeadas de aquellos muros que transmutan su propio desgaste; a la incesante estridencia del zarandeo urbano, al susurro del excluyente mundo exterior,… a mi desaprovechada capacidad para existir. Son unas pupilas tatuadas con los fracasos de toda una vida. Tras el extenso, intenso y, ciertamente, momentáneo taladro de sus ojos algo apeados de las cuencas, un movimiento casi dislocado de su muñeca derecha voltea la silla de ruedas motorizada y lo conduce con su curiosidad a otra parte. Yo, manoseado por aquella sensación, me quedo petrificado por el remordimiento de todas mis arterias, por la apatía que rezuma de la impotencia deseada.

Después de tomarme unos segundos para digerir la culpa adquirida en el reciente enfrentamiento visual, decido escapar a mi rutinaria ignorancia voluntaria y continuar andando. Tras dar trastabillando cinco pasos llego al callejón que mi antiguo amigo, el anciano, miraba con una postura tensa e impotente. Al observar y aprehender lo que de esa situación cercada por la basura emana, los cabellos en mi piel se erizan como militares disciplinados y mis retinas desean suicidarse. Apoyado sobre un barril oxidado y roído por el viento árido y el polvo abrasador que siempre azotó ese lugar, se encuentra un cuerpo humano escuálido y abandonado sobre el suelo vestido con apenas unos calzoncillos de pierna ennegrecidos por la mugre y la incontinencia. El chaleco que porta está desgastado por el tacto áspero de la calle, lleva colocado un calcetín deslanado en el bolsillo del pectoral derecho y los cuellos y las solapas desgarradas. Parece un recuerdo feliz ya que, de algún modo, evoca tiempos mejores. Además, decora su cabeza de escasos cabellos encanecidos y grasos con un sombrero de paja rescatado de alguna fiesta regional y que le da un aire muy hawaiano. Posiblemente no es tan centenario como su piel tostada y envejecida pretende evidenciar. ¿El espíritu, quizás? Con la mano derecha sostiene un pañuelo amarillento que dirige hacia su pierna para posarlo sobre una herida supurante, inflamada, mutada. Cada vez que lo intenta su cara desdentada y momificada antes de hora se escurre como una toalla untada en escozor. Al despegar el pañuelo se desprenden hebras glutinosas de la piel incandescente. Un mordisco tórrido y palpitante. Y la gangrena, a la vuelta de la esquina. Sus ojos apuntan fijamente al dolor, pero mostrando tal pesar que el castigo propio era evidente. Un rumiante permanente de su asfixia moral. No aparta la mirada de su lesión estocada por lo que él más quería.

Apenas setenta centímetros más allá, sobre un montoncillo de papeles salpicados de residuos, el cuerpo de un animal de medio metro se encuentra tendido y hundido en la porquería. El perro, que posiblemente era un cruce entre pastor alemán y algo más pequeño, debía de hallarse muerto algún tiempo; ya que la descomposición había desnudado la mayor parte de la piel y desenterrado algunos huesos y vísceras,… pero aún rememora ciertos rasgos de su gesto o, incluso, de su personalidad. Personalidad que invoca lealtad, compañía y ¿amor?, junto con secuelas que descifran el proceso de su muerte. Sus globos oculares se presentan inflados por la desbordante sangre caliente y enloquecida que circuló por ellos, con las pupilas fijas y la mirada perdida. Su boca, con cierta parte de la mandíbula ósea a la intemperie, no alberga todos los dientes que debiera. Por su lado, acumulaciones de densos restos salivales pueblan cada una de las llagas o, quizás, úlceras desarrolladas en la dentadura y los paladares. Rebosa entre los labios carcomidos, depositándose en las comisuras. En la parte superior del cráneo se aprecia una fractura que recogía los temores de otro. Su cara vislumbra la proximidad del fin, un final sofocado por impulsos que no tuvieron sentido, por una locura frágil pero agresiva que devoró la frondosa espesura de su semblante. Una infección del sistema nervioso se llevó su alma. A su lado, un martillo ensangrentado se oxida entre el pringue reseco.

Un carruaje avanza con parsimonia entre el reflejo dorado del maquillaje otoñal. El viento acaricia sin llegar a incomodar, ideal. El traqueteo de las ruedas se siente suave y lineal, acompasándose con el castañeteo de las hojas secas y el paseo de los corceles en una idílica melodía. El cochero respira hondo, la responsabilidad de conducir un carro tan barroco y ostentoso le pesa, por los olfatos que pueda excitar, pero se muestra sereno y altivo, reconoce su deber y, además, la salpicadura del sol entre las ramas en su rostro le da buen rollito. Dentro, en las entrañas, una pareja se acomoda con cierta rigidez, sus posturas y vestimentas los sitúan en una época de oscuridad y feudalismo. Él mira por la ventana manteniendo las piernas cruzadas, intentando olvidar la represión sufrida que le dificulta respetar el límite de presión en sus mallas. Ella mantiene su mirada sobre las manos cruzadas en su regazo, no habla, pero ya aprendió a no alterarse en situaciones incómodas. Simplemente, idolatran la compostura. Parece todo demasiado infantil para que de sobresalto unos bandoleros de lo más roñosos ejercieran su derecho a la lucha agresiva por la socialización de los medios de producción, pero así fue muchas veces. Inevitablemente, y como a ellos, acaban de romper los barrotes de mi cuna sin permiso. Me siento asaltado, importunado por aquel cuadro taciturno e impresionista. ¿Cómo se atreve a destetarme de esa forma?… Las venas que pueblan mis globos oculares bombean incesantemente, demasiada información que procesar. No consigo identificar el color de la sangre que corre por mi cuerpo, no sé qué sentir. Comprensible, hoy en día casi nadie está acostumbrado a mirar al suelo y ver la suciedad. Por algún motivo, prefieren mantenerlo tras una capa de cera. Siempre me alejé de las leproserías y ahora recuerdo por qué, no te dejan dormir. Sigo andando antes de quedarme allí clavado para siempre.

Deambulando unos metros llego a la avenida principal de aquel sector urbano, dejando tras mis talones la densa resaca del llanto recién conocido. Pero un nuevo escenario se extiende ante mí, aunque ya lo conozco, es como un campo de concentración con sobrepeso. El desasosiego se cuela entre los baldosines, ya que en un sistema fluvial de tantos afluyentes el canal principal empuja con demasiada fuerza. La corriente devasta y desgasta, pero sin desbordarse. Al final, el único poder del que careces es el que te permite tirar de la cadena. Esta pista de despegue y aterrizaje es recorrida continuamente por una estampida de motores, dióxido de carbono y gente cuyos oídos disfrutan con el ruido. Una selva de lo más frenética que no duda en salpicarte a su paso por los charcos para recordarte que las vestimentas impermeables son el futuro de la cordialidad. Todos saben como actuar, como honrar su sello de fábrica. Soldados de los nuevos imperios, que con sus líneas de productos delimitan su territorio. Todo empezó con “Yo pertenezco a Kas Naranja” y ahora la liberación personal reside en la búsqueda desesperada de un terrateniente del que recibir comprensión. Y es que si en camiseta de uno pone “Yo soy de Telas Sintéticas S.A” es porque se siente querido, seguro. La nueva temporada de Comunism ya augura una versión más urbana de las prendas con texturas más rígidas, colores estrambóticos y bordados donde hoces y martillos plateados se entrelazan en un llamativo motivo geométrico, resaltando su estética. Neoliberalismo y Existencialismo pelean sin tregua por el monopolio del calzado aunque, en el fondo, siempre fueron aliados. Socialdemocracia, en estos tiempos que corren, se siente como una funeraria, detestada pero irremediablemente necesaria; la ubicuidad se materializa en la invisibilidad. Los campeonatos, es lo que tienen. Polarizan. La elección de la camiseta es vital. Mire donde mire están marcados. Atravesando la masa me encuentro escotes de dimensiones nutritivas que rezan “Just do it. Take off your wonderbra and burn it”; pechos viriles, peludos y sudorosos que humedecen frases del calibre de “Be with us… cause Nihilism is the key”; o incluso traseros que se pierden en las anchuras del rap, donde hondean las palabras “Karl Marx, Urban Wear”. No puedo resignarme a ser clasificado y puesto en venta, pienso para mis adentros. Pero, ¿acaso es otro mi camino?. Ojalá tuviera brazos enérgicos con los que remar, dejando atrás todo aquello, superando la curvatura terrestre. Siento mis dientes erosionados de rechinarlos y la voz ronca de no cantar. Y, de eso estoy seguro, no tengo forma mejor de expresarlo. En la libertad absoluta, en el vacío, no existe la comprensión. Por fin, ante la cumbre de la creación, comprendo lo absurda que es la utopía. Trabajamos duro para, ladrillo tras ladrillo, amurallarnos contra el infinito. Un cuadro impresionista aquí, un chimenea allí, una mesita de estilo gótico en la esquina, lámparas y pintura beis,… Itinerarios, líneas a lo largo de las que pasear. No puede ser, pero es tan obvio. Mierda, nadaré con fuerza. Aunque sé que no se me permitirá. Me rasparé lo tatuado sin importar el dolor. Pero es que las punzadas intimidan tanto. Estúpido, conoces la condena, eres libre únicamente para apuñalar tu independencia y vedar la omnipotencia o, bien para morir. La respuesta roza mis labios y me acaricia la nuca. En cuanto a mí, soy de Flex C.P.C. (Cómoda Pasividad Concienzuda).

El movimiento rutinario y uniforme de la geometría metropolitana, de cada uno de sus puntos y aristas, resulta hipnótico, favoreciendo la obediencia. Es el mismo hormigueo que el presente en los canales sin sintonizar de las viejas televisiones. Entumece de manera similar los músculos, desarraiga las pupilas del recuerdo con mayor intensidad y multiplica la especie con las más efectivas técnicas de clonación. Su incansable barrido se nota en cada una de sus calles, baldosas, avenidas, restaurantes, museos,…, partículas. Me propongo cumplir una vez más con mi deber, procuro descartar este tipo de reflexiones autodestructivas para proseguir en la maratón y así, con un poco de suerte, llegar cuerdo a mi primer día. Hacia delante.

La acera por la que discurro es ancha como en pocas ciudades, aún así, pocos espacios quedan libres para tropezar. En el borde, la estampida, con los rugidos pertinentes. De pronto, avisto entre los brazos enlazados de una turística familia oriental un rostro que brilla de forma inusual. De inmediato, sabores exóticos riegan mis mejillas. El tiempo se retira a su oportuno descanso, facilitando el paso a la pasión, que fluye entre mis articulaciones. Se trata de una joven que camina despacio, con tentativas desorientadas pero con firmeza en las suelas. Se desliza con el poco aire que circula en la espesura envuelta en un vestido de sedas blancas serpenteado por enredaderas de humildes y emotivos tonos. Evoca un diente de ‘camaleón’ urbano con pequeñas y bellas impurezas; desvalido, pero insistente y risueño. Sus cabellos azabache surgen sin enredarse, con exuberancia pero sin desmelenarse en lo salvaje, y se posan en sus encogidos hombros que esconden levemente su semblante amilanado, protegiéndola y declarándola ausente. Pero yo no, el contexto es prescindible… y… e ineludible su piel lívida. En su cara refugiada del edén, los ojos se bañan a cada parpadeo de una suave capa de marihuana caramelizada; mientras, las pestañas, de curvatura imposible, cuartean los rayos de sol que reflejan sus iris, metalizados y eléctricos a la vez. La espesura de una selva amazónica se encuentra atrapada en su mirada, salpicada de musgo radiactivo. Sus pómulos recuerdan el dinamismo de las montañas en cualquier valle de ensueño, vestidas por la tímida luz crepuscular que sonroja sin llegar a destacar, que colorea sin empañar. Este leve rubor ensalza su palidez nórdica pero mediterránea, que subyace en el resto de sus rasgos. La barbilla recoge sin mostrarse demasiado sus labios, de no mucha longitud, aunque sí con cierto espesor insinuante que no osa desmembrar la delicadez de su rostro. Parecen tan besables y paradójicos, desarmados y confiados, que no quiero ni pensar en su lengua. La nariz ocupa lo necesario para respirar y alcanza la perfección con su punta levemente redondeada. Estilizada, como la de una doncella griega, convierte en perfume lo que inhala (o eso fantaseo yo), moteando de aquella fragancia y con sutilidad la superficie. La frente, lisa y uniforme como una duna decrecida, parece estirar con amabilidad el resto de la cara, rasgando con alegría los párpados y perfilando cada una de sus facciones. Todas las pinceladas faciales convergen con dulzura en el cuello, introvertido y misterioso, resguardado parcialmente tras el pelo, pero con atisbos que lo insinúan preciso y esbelto. A continuación, la cascada prosigue de los hombros al escote, de tímida expresión, con un volumen medio pero recogido, en cuerdo equilibrio. En ese centro de gravedad, se confunden la lujuria con el mullido abrazo de la ubicuidad. Un torso fino y dinámico, inédito en los mejores jarrones, que muere en los trazos de su cintura remendada en clave de danza gitana y seguida de la curvatura sugerente y perfecta de sus caderas, gráciles y esquivas de la provocación vulgar. Sus piernas, escondidas en su mayor parte por la falda, elaboran un andar hipnótico y errante, siendo tersas y livianas en lo visible. Los tobillos, de princesa oriental. Y los pies, menudos pero ágiles en su movimiento, bailan sujetados en sandalias de motivos árabes, que dejan saborear su lisa uniformidad y el júbilo de sus pequeños dedos. Toda su genética complace mis exigencias, es más, las desborda. La belleza de su aparente fragilidad se armoniza con su avance enérgico pero indeciso. La rivalidad pacífica de los extremos, sin conflicto. La resistencia de una especie terminal, cuya valentía mejora las heridas en rasguños. Quiero participar de ella, conocer cada una de sus enredaderas y preguntar por qué treparon sin descanso. Ansío cuidarla y fluir a su lado. Visitarla en su compasión, en su fragilidad, en su coraje, en su temeridad, en su plenitud, en su misticismo, en su retraída osadía, en el sudor y en la ira, en el movimiento pendular de un pecho, en el tacto empapado de su pelo oscuro, en el aleteo de su espíritu. En consecuencia, me reduzco a instintos primarios, experimentar y abrazar. Debería decirle algo. Y en esta situación pueden ocurrir dos cosas: adrenalina para ingenio en hegemonía o adrenalina para empanarse mental y emocionalmente. Sé natural, ¿no es eso lo que dicen? Sí, sí, pero ya sólo quedan unos metros para… tachán. Sus ojos se despiertan a los míos a medio metro de distancia y con mis sentidos extasiados de focalizarse. Nos miramos, y nada más. Nos interesamos momentáneamente. Por unos segundos nos revolcamos en análisis mutuo. Y, bueno, parece que le gusto. ¿Eh? ¿Qué mierda es eso? ¿Ruido y pestilencia? El humo fecal de un camión con síndrome de Diógenes arrasa el paisaje y rapta a la princesa, asustándola y espantándola. Algún descendiente de Freud con el corazón también frustrado no consiente el intercambio desenfrenado de sensaciones dado que hace tiempo que nada le impresiona. Para colmo, hay una fuga, y de ésta, un pañuelo pútrido llega a parar sobre mi cara envuelto en efluvios. No veo, y para como han salido las cosas, creo que es mejor. Por un momento, me siento bien. Pero me doy cuenta y el pañuelo ya está usado.

He sido desechado, pienso para mis adentros, aunque no me creo más prescindible que el resto. Mi alma, siempre cobijada en mi pezón derecho y a veces en mi ombligo, se fue, y me pregunto si mi sombra también. Raptada y atrapada por el averno del que procedía, perdida entre los desperdicios del camión de la basura que había arrasado con la inestabilidad de la única y verdadera divinidad, la profana. Seguramente, algún pedazo de espíritu acabará aplastado sobre el tatuaje truyero (del truyo) restregado en la nalga derecha (la del acné) del conductor… Cuando la urgencia llama, con lo primero que tengas a mano. En fin, hasta aquí la historia, ya ha ocurrido otras veces, pero siempre vuelve a mí. Y otra vez, aún vacío, ella aparece. Pero esta vez es solo el eco. Cupido, más que Celestina es un vuayer. Es curioso observar la naturaleza de las maripositas estomacales. Enamorarse y estar enamorado siempre es fugaz y efímero. No sé si por dejar asfalto para la nueva generación, pero el objetivo del amor es morir. Bueno, what can I do?, el de la vida también y no es para tanto.

Imagino un beso de lo más inocente y sensual, simultáneamente, y recuerdo su andar ensimismado en divagaciones internas. Me acuerdo de mí, yo, galvanizado por el huidizo momento en que la vi. No sabría decir si fue un botón o un resorte, pero solo quise una cosa, enseñarle algo inaudito y perecedero, cualquier cosa. Era mi vía de escape y será un buen truco para los días malos, ya que,… del otro lado llovía con ácidas risotadas. Del otro lado, me viene a la cabeza el anciano postrado, con su vómito, con el semblante de agrietado rencor. También guardo memoria para el vagabundo supurando culpa por su extremidad, renegado de la cura. Eran dos gigantes apesadumbrados, dos grandes agujeros negros hambrientos de oscuridad. La única otra cosa que podían ser eran mecheros en la nada. Aunque no llegué a distinguir quién fue cara o quién cruz. La precariedad del amor y la vida es inviolable, pero, ¿y la angustia? ¿la pesadumbre es finita?

Caminar es como deslizarse por el filo de un cuchillo de cocina” (Apocalypse Now). En lo afilado, la ninfa de río y el misticismo, en la rectitud, la letanía del desvanecimiento, la realidad en toda su pegajosidad. Me quedaré un rato más en lo cortante, ni que se pueda hacer a todas horas. Mmph, sí,… qué bien,… tan preciosa.

Trato de mantener ese pensamiento, bien atado, aunque permanezca difuminado en el eco que reitera aquel sentimiento, entre el frontal y el occipital de mi cráneo. ¿Por qué ponerse en pie? ¿Por qué llorar? ¿Por qué si no por esa devoción irracional que siempre regresa para sorprendernos? Sin embargo, mi lealtad al club social establece otros términos. Mi padre, por si no os lo dije, murió hace dos años en una expedición amazónica, mientras buscaba un remedio contra el cáncer. Simplemente desapareció, sin dejar rastro. Algunos creyeron que se lo había tragado una quimera amazónica, esquivas como nadie, pero letales y feroces como un elefante carnívoro. Otros afirmaron que se casó con una princesa tribal, que, a base de magia negra y espesa, envenenó su alma. No sé, quizás lo talaron mientras dormía. La cuestión es que no paraba de recibir cartas procedentes de las tierras latinoamericanas. ¿Y qué pude sacar yo de todo esto? Pues una muerte tumoral prematura y una herencia sustanciosa que ayudaría a desquitarme. Enciendo un cigarrillo. Total, que tengo que pagar el alquiler, afianzarme un fondo monetario estable, comprarme un perro, algún juego de la Play y todas esas mierdas. No puede esperar ni un día más, aunque sea por el perro. Así pues, ¿qué más extraigo de la tragedia? Llegar tarde a mi primer día y aún tengo que hacer otra parada.

Bancos de España, no son muy comunes entre la foresta, pero, afortunadamente, conozco uno a dos calles de aquí; son tan lustrosos, vistosos y oseznos en general. Me pongo en camino, con los pies limando el suelo y sin tantear la superficie, ignorando el contacto con el frío asfalto y las gélidas paredes. Estoy atravesando un maldito y enorme témpano. Después del intenso paseo sin vacilaciones me veo frente a las escaleras de ese edificio que es de España. Y no me sorprende, conozco los gustos de esta caprichosa y altiva señora. Las suyas son posaderas de lo más exigentes, y no se dignarían a descansar en un lugar que no reconozca su casta y que no aspire a ser un ensayo de los logros de ese hermosísimo trasero. La vanidad fue su elección, y así se muestra ante mí. Una construcción de masa renacentista e ingredientes rococós/barrocos que sólo pudo haber elegido el más snob de los monarcas absolutos. El nombre que preside el templo, en letras grandes y bronce añejo.

Subo las escaleras de mármol atolondrado, no hay tiempo para el deleite, si no vómito artístico. Al pasar por sus grandes puertas de madera, el peso de la muchedumbre cae sobre mí, adivinando una cola kilométrica. Magnífico, el sector laboral comenzará a pensar que he dimitido antes de empezar la producción. Doy unos pasos para colocarme tras la multitud, temeroso de llegar al punto de no retorno, pensando en las horas, los minutos y los segundos, que son los peores. Me sitúo en el borde de la cola, llena de caras aburridas, y no porque no les guste divertirse. Ojos somnolientos, ojos cerrados, ojos, incluso, demasiado abiertos, a punto de rasgarse. Aquella miríada humana se me hizo imposible de concebir, aún menos de contabilizar. Por otro lado, la calma era necesaria, y de eso se encargaban dos policías idénticos y sus escopetas gemelas; y con eso quiero expresar que debieron ser compañeros en su gestación si no amantes. Misma estatura, mismo olor, mismo traje, posturas exactas, y lo único que se nos escapa para concluir son sus rostros, cubiertos por alguna razón. Lo primero que se me ocurre tiene que ver con operaciones secretas contra terroristas, narcotraficantes u otros villanos que amenazan la ‘pax mundial’ ésta en la que nos desenvolvemos. Curiosamente, nunca he presenciado fuera de la gran pantalla este tipo de operaciones pero me resultan cotidianas.

El tipo que está delante mía, por ejemplo, espera, igual que yo, pero no parece tan deshidratado como el resto. Más bien parece calmado, reposado y abstraído del gentío. Quizás se halle por encima de esta situación, pisoteando con sorna la proyección personal de los allí reunidos mientras se jacta de la absurda inquietud que sacudía las ornamentadas paredes del recinto, meneando aquella masa de groso tacto de un lado a otro. Es el mismo vaivén que zarandea el exterior, un tío vivo cuyo giro es imperceptible, como lo es el movimiento de la Tierra.

Los hombros de aquel desconocido (el que me precedía), de escasa distancia mutua, descansan relajados. Además, la delgadez de su figura facilita en gran medida la pose espigada y desenfadada que destaca su presencia. De pronto, aquel hombre giró un cuarto de luna para dejarse caer y apoyarse así en la pared, mientras flexionaba la pierna izquierda para situar la suela sobre la superficie. ¿Cuántos años debía tener? Calculo que unos cincuenta y pocos, o quizás menos; no lo sé, es difícil adivinar si ha vivido mucho tiempo o no tanto, pero repleto de virulentas situaciones. Pantalón vaquero, camiseta y rebeca desabrochada, colores cálidos y apagados, sencillez. Sencillez, pero insolencia también en su forma de abandonarse a la gravedad y a la espera, mirando hacia arriba mientras su cuerpo parece escurrirse. Ha suspirado, una sola vez, y debe estar acostumbrado al desgaste por como lo ha hecho. El pelo parecía chamuscado, con ese color negro pardo, así como su piel. Le cae con arbitrariedad sobre la frente, tiene pero no consigue cubrir algunas entradas. El pellejo, su cara, quiso tostarse al sol, pero el resultado fue otro, grietas y un color como de suave quemadura.

Repentinamente gira su cuello para mirarme un momento, escudriñando a través de sus descolocadas gafas redondas, apuntándome con su resaltada nariz. Tras unos segundos, vuelve la cabeza a su posición natural e hizo un intento de establecer conversación, Habemos miles, asfixiante, ¿eh?. No sé si darme por aludido, así que ante la duda, pretendo no escucharlo. No desiste. Dirige su mirada otra vez hacia mí, para señalarme y entonces reiterarse, Esto está inhabitable, ¿verdad? Ya no puedo eludirlo sin resultar descortés, Sí, parece la cola de un campo de refugiados. Bonita analogía, me suelta con sarcasmo. Después, guardamos silencio por unos cuantos minutos.

Nada, absolutamente nada suyo contradice mi extraña certeza de que hace tiempo que adoptaba esa postura para esperar la redención. Todos la aguardamos pero no todos lo sabemos. El sí. De todas formas, hay algo que me resulta familiar, no solo en el filo de sus facciones sino también en la sobriedad, en su sosiego, quizás merecido. Me interpela de nuevo, No puede ser que todos vengamos a hacer lo mismo… y sonríe, pero muy poco, evitando exteriorizarse. ¿Y qué has venido a hacer tú? He venido a recoger un paquete, le contesto. Veo que no quieres entrar en detalles… cambiaré la pregunta, ¿qué harías en un lugar cómo éste, de este planeta… quiero decir, con poder? … … … Me pienso… … ¿qué rayos habrá querido decir?… y… ¿qué le contesto?… Le contesto, Eh, creo que no te sigo. Suspira e intenta explicarse, Me refiero a toda esta gente, ¿qué harías con ellos? ¿qué les harías si todo pudieras hacer? … … … Mi silencio se excusa por sí solo, ¿qué le digo?… … Entonces es él quien me confiesa algo… … Yo… los haría desaparecer… si pudiera, a todos. Vale, ahora sí que no entiendo nada.

Algo parece hacerse palpable, una especie de impaciencia. Nuestro interesante acompañante echa a andar hacia los golems oscuros que se paran impasibles al otro lado de la sala, mirando sin descanso en todas direcciones, mas ninguna observación fue ejecutada. Cuando el hombre delgado se sitúa entre aquellas dos estatuas guardianas, éstas inclinan la cabeza para escuchar lo que él les susurra. Tras unas segundos, el plan se puso en marcha y la sorpresa, tanto como el miedo, no se demoró en invadir a todos los allí presentes.

Aquella persona suscitaba tal misterio e interés en mis pensamientos que no pude condenarlo, no quedaba lugar para el juicio, solo para la más atenta y expectante observación. Con rapidez y precisión, nuestro héroe extrae dos armas de fuego de las entrañas de sus bestias gemelas, aquellas que pretendían ser agentes de la autoridad. Éstos, tras el arranque de su líder, cruzan los brazos y fijan su mirada en las víctimas, transmitiendo intrucciones a través del glóbulo ocular, ambos ojos mostraban un color intenso e intimidatorio. Que nadie haga nada estúpido y con eso me refiero a cualquier cosa que pueda hacer que yo y, en consecuencia, nosotros, perdamos el control; así de claro se expresó.

El griterío inicial cesa rápidamente, acompañado de algún paraguas o maletín que se estrella contra el suelo. Tan dóciles quedan que no pueden hacer más que suspirar agitadamente. Decenas de respiraciones cual orquesta, música a punta de pistola. Él da unos pasos hacia el frente, alejándose de sus esbirros, parándose en el centro de todo para poder observar su creación. Alzándose sobre su obra y proyectando una sombra que era incluso más alargada que su ya de por sí delgada figura, pronuncia sus siguientes palabras. Con sútil belleza y crueldad, recita, Bien, quisiera explicar un par de cuestiones y espero ser claro y abordarlas con nitidez. Esto es un atraco y cuento con que para vosotros constituya un hecho indiscutible; pero… eso no es todo. No hago lo que hago por simple avaricia aunque sí por puro egoísmo. Estoy aquí por diversión y no por necesidad, tampoco diría por casualidad. Lo que pretendo es saciarme. Y, dado que con los años y la estadística se puede afirmar que la rutina es la principal causa de depresión en el mundo, pensé, siempre con humildad, que el caos debía ser más perfecto y, por tanto, más interesante e incluso bello que la estabilidad. Seamos alocados y cambiantes… … … Y, con esto, creo haber ilustrado con precisión lo que yo y aquí, mis acólitos, somos capaces de hacer.

Nos mira, lo miramos. Me mira, lo miro. Y… y… y… y en perfecta sincronía con mi pasado reconozco el rostro de la fotografía. Es él, es Noah. O, al menos, lo había sido. Regresado de entre los muertos y desmomificado para la ocasión, permanece impasible y seguro de sí mismo, imbuido de esa procedencia casi profética y dispuesto a cumplir su maldición. La fuerza eternamente joven que antes lo acompañaba se había desvanecido, intercambiada por esa calculada presencia que examina todo minuciosamente. Por otra parte, ya no existe, su barba helénica había desaparecido para ser reemplazada por piel estéril. Parado e inmóvil, es como una efigie rebosante de vileza y resentimiento hacia la inmortalidad.

Un minuto después del gran discurso, los secuaces, tan autómatas como de costumbre, se acercan a la multitud para extraer dinero, joyas, objetos de valor de todo tipo. La peñita obedece sin rechistar. Él inclina la frente hacia delante y sonríe complacido; la curvatura esbozada dota su mirada de una insoportable iniquidad. Después, vuelve a elevar la mirada situando sus lentes en perfecta interacción con la luz. Calcula, con rapidez, otra vez y se dispone a avanzar trasladando su sombra a través de la superficie del pavimento, manifestando su exótica naturaleza extradimensional. Camina con premeditación y sosiego hacia aún no sabemos donde. ¿Qué podemos esperar de alguien que, en la pendiente de su existencia, toma posición contra la vida y se arma caballero del caos?

Ella no puede evitar fijar su mirada en la sombra que se abalanza sobre la frágil belleza que la caracteriza y define la notoriedad luminosa de su existencia. Él frena súbitamente, se agacha frente a la niña, de apenas 6 o 7 años, y la mira con artimañas. Nadie se mueve, nadie dice nada, sólo inspiran y expiran, sudan, temen por su vida. La madre intenta hacer algo, pero qué más da, los gorilas oscuros se ocupan de ella, se reparten el trabajo. Él le pone la mano a la pequeña sobre la cabeza, sacudiendo el pelo con dulzura, con tretas de un demonio. Luego, mientras masculla algo ininteligible, le acaricia las mejillas. Le dice, ¿Sabes? Siempre quise formar parte de algo… y poner mi granito de arena. Sonríe… ella también. Todo esto para levantarse y apuntar con el cañón hacia abajo, un grito sordo de la madre y se acabó, se acabó para el mundo. La madre ha muerto más que su propia hija.

¿Qué alineación es necesaria para lo inesperado, para lo racionalmente descabellado, qué forma debe tomar el universo para que suceda? Miro hacia abajo y todo se comprime hasta la asfixia de todos los allí presentes. Como una mente compuesta de todas. Como una mente compuesta de todas y mi mente. Mi mente despavorida. Mi alma presente. Esta cicuta violácea e incontrolable que me trepa en las venas y esta llamarada azul que me anega las pupilas. Dios, dame fuerza porque nada queda de la vida.

El índice y el corazón parecen ansiosos por contarse algo, por besarse hasta que todo acabe con un violento chasquido. Este chasquido es un abrazo fatal. Cierro los ojos y chasqueo los dedos. Y de pronto el viento atravesó los muros de aquel mausoleo de poder, un huracán de odio divino y susurros estridentes. Los clavos de Cristo. ¿Cuántos ruiseñores habré estrangulado? ¡Qué sorpresa! Mis ojos cerrados sienten más que el amor por los jirones de un pasaje introvertido, que la guerra ensordecida, casi invisible, y se agita por el borde exterior. Por los clavos de Cristo, ¿dónde queda el borde exterior? El borde exterior ya no existe.

Abro los ojos y me hallo entre la inmensidad de lo que sólo puedo describir como un océano sin sol e infinito, un enorme mar de nada. Bajo mis pies, apenas un par de metros cuadrados de pavimento que tremula en su pobre y precaria dimensión. Ya no sopla el viento.

Después, la soledad. Y, más después… la libertad.