El Medusa SunBeach produce urticaria, a saber, explotación y anticultura

Llegó el veranito y la geografía española se llenó de festivales de música, de lugares sagrados para bailar o mecer las entrañas en reposo, en donde la cultura expresa su pluralidad y las gentes se mezclan entre ribetes de colores. Puedo imaginarlo, los brazos en alto del Etnosur, los tobillos frenéticos en el barro del Iboga Sumer Festival y el reflejo de la ribera en el Mar de Músicas. Así fuesen todos.

Pero no. No podía ser. Resulta que existe un mercado nada despreciable en la organización de eventos aparatosos que se jactan de su estética pomposa y estrafalaria -demasiado fucsia para toda una vida- y agrupan a la más selecta categoría de payasos escénicos que, al menos, quedó claro, supieron donde se encontraban: “¡Viva Valencia, Viva España!”. Parece ser que al público le encanta esta mierda y acude en masa a gastar el sueldo del trabajo estacional. En fin, grotesco espectáculo, la masa enajenada por el compás persistente de los tractores a todo volumen, los clásicos arrasados por la metralla, todo tipo de estimulantes y un tipo que se hacía llamar Vicente One More Time y que, presuntamente, se cree muy ingenioso. Esa y mucha menos es la calidad del Medusa SunBeach, un comistrajo repetitivo que algunos llaman techno, o remember, o vete tú a saber. Aunque casi olvido, por otra parte, a los chicos y chicas de la carpa de indie, supongo que ellos pueden quedarse en el purgatorio.

Allí, en medio de la vorágine, fui a parar como algo menos que un trabajador. Junto a otros compañeras, fui contratado para enjuagar los gaznates de la marabunta, copa tras copa, hasta caer rendido. Dos días, 32 horas en total. Hubieron oleadas de sedientos tras escuetos remansos de inactividad y la sofisticada filosofía del ‘dame más, más y más de todo lo que tengáis’. Apenas quince minutos para cenar, para demorarse en el único bocado desde las cuatro de la tarde hasta el amanecer… apenas cinco minutos para mear. En conjunto, más que un empleo, fue un maratón agotador hasta la meta final para, al menos, cobrar. Aunque, de todos modos, yo hice por recuperar a puñados los minutos que necesitaba para respirar, a través de largos paseos, hasta que, tras la primera jornada, ya no pude salir de la barra debido a una supervisión más exhaustiva. Ese cigarro de los quinientos metros me permitía reanimar mi existencia, y aunque nunca se alargó de tal manera que delegara en mis camaradas, acabó por esfumarse junto con su aire esporádico de libertad.

Allí te encontrabas a las ocho y media de la mañana, recogiendo una marea de plástico mientras pensabas que ese esfuerzo de más hubiera sido suficiente para generar unos cuantos puestos de trabajo. Más mano de obra y mejores condiciones, pero, claro, menos plusvalía. Es tan sagrado cada céntimo de beneficio que para qué iban ellos a pensar en el bienestar de sus semejantes, sino en medrar para mutar en una forma divina e inerte. Por no hablar de las ‘facilidades’, tuvimos que pagar y buscar alojamiento en una ciudad abarrotada de reservas, nos las arreglamos para aparcar en el cementerio de automóviles más grande que jamás he visto y no quiera dios que le den a uno de comer. Finalmente, nos hospedamos en un camping a las afueras de la localidad y tragamos con todo lo demás. Al final de la jornada, te retirabas en completa destrucción tras comprobar que te habían escamoteado quince o veinte minutos de sueldo. Pero, oigan, por qué pensar en dignidades mayores si esto es lo que hay.

Había una camiseta muy popular, todo el mundo la vestía con orgullo y rezaba: ‘Eat, sleep, rave, repeat’, algo así como ‘Mi vida no tiene sentido’, un epitafio para demasiadas generaciones. Y es que la muchedumbre de consumidores, que los promotores del festival compartían con la mayoría de los gimnasios del país, era un elenco genealógico de inusitada diversidad, desde los supervivientes de la ruta del bacalao hasta los que ya no recuerdan nada parecido.

Por otro lado, he de reconocer que hubo gente maja, no lo niego, lo que fue un incentivo a la hora de servir las bebidas. Siempre fui lento en el ámbito de la reacción muscular y eso tuvo como consecuencia el vertido de cascadas de alcohol destinadas a saquear a mis explotadores y a producir cogorzas de desplome, así se demoraban en regresar a por más. No diría que fue una actitud decorosa, pero tampoco voy a pedir perdón.

Además, muchos asistentes se quejaron de la organización del festival y de los precios desorbitados de la bebida y la comida. Los platos fuertes del cartel, los pinchadiscos más famosos, al principio y los entremeses al final. Para más alevosía, aquellos que cambiaron su dinero por la moneda propia del festival y no supieron como gastarla una vez finalizó la juerga, no pudieron recuperar su equivalencia en euros. Como cuando pierdes una ciega en el póker, otro que gana barre la mesa, sólo que, en este caso, 67.000 jugadores inexpertos arrojaron pingües ganancias.

Entre la explotación de la fuerza de trabajo, el afán consumista y la superficialidad reinante, me encontraba en el zénit del capitalismo, la bestia enajenada en su proceso destructivo. Copa tras copa, el amanecer llegó, aún cuando parecía que nuestras piernas eran ya columnas que resistían agrietadas tras un bombardeo, el fin asomó entre las nubes. Encantado de conoceros, me voy a derretirme en el destiempo y a soñar con derrotas de clase.

Otra vez ese tractor de senda infinita, más de ese tambor mecanizado y un recuerdo atestado de alaridos, es lo que traslucía bajo las hojas del árbol que cubría mi despertar en aquel camping de las afueras. Enderezarme para contemplar mi pesadilla no fue fácil, y es que vaya un vapuleo. El tractor fue real, arrastraba unos cuantos contenedores y reproducía con inconfundible fidelidad la esencia del techno, que no es más que un compás alelado que intenta reducirse a sí mismo al más vulgar impulso motriz de los circuitos, automático e interminable. No sé qué será de los que tengan que estudiar estos fenómenos, quedarán sorprendidos por la simpleza de su expresión, sin pena ni gloria, sin amor ni tesón.

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