El TTIP pierde su valioso halo de discreción

Fotografía de Christian Mang

Fotografía de Edda Dietrich

De vez en cuando, es recomendable recordar las aportaciones de Naomi Klein en su obra La doctrina de shock, en la que especificaba un método de manipulación política que se resume en la disposición o el uso oportunista de numerosas situaciones de emergencia social para aturdir el criterio de la población y facilitar su adhesión al discurso y el sistema imperante. En este marco de prácticas de orientación de las actitudes colectivas, confluyen acontecimientos históricos como el establecimiento de dictaduras, la sucesión de guerras o la propia crisis económica que estamos viviendo. Con la misma lógica, la del bombardeo, se cierne sobre los pueblos la amenaza de los Tratados de Libre Comercio (TLCs), que llegan con múltiples formas a implementar un modelo al servicio de los intereses de las grandes corporaciones. Es el caso de acuerdos impulsados por Estados Unidos como el TTIP, el CETA y el TISA, que son negociados por la Comisión Europea (CE) a espaldas de la ciudadanía y en los que está involucrado el destino de la Unión Europea.

Pero esta vez, es posible que esta técnica de parálisis general no haya sido tan efectiva. Gracias a la labor de miles de activistas y al esfuerzo de 500 colectivos organizados en contra de este avance neoliberal, un foco de luz se ha posado sobre el TTIP y las argucias de los grandes lobbies de presión, así como la complicidad de muchos gobernantes y representantes que deberían defender el interés popular. El pasado miércoles, 7 de octubre, se organizó una acción europea y descentralizada, con sede en Bruselas, contra el acuerdo transatlántico en la que se presentaron más de 3.200.000 de firmas determinadas a frenar la imposición del TTIP, el CETA y el TISA, “suficientes para unir Gibraltar y Tallín con una cadena humana”. Así, con todo tipo de representaciones creativas de la protesta y una conciencia en expasión, se inauguró la Semana Internacional de Acción contra los TLCs, que ha cristalizado en numerosas movilizaciones por todo el territorio europeo, desde grandes capitales a pueblos con miles de habitantes (en Berlín, 250.000 ciudadanas salieron a la calle a protestar). Sigue leyendo

El Medusa SunBeach produce urticaria, a saber, explotación y anticultura

Llegó el veranito y la geografía española se llenó de festivales de música, de lugares sagrados para bailar o mecer las entrañas en reposo, en donde la cultura expresa su pluralidad y las gentes se mezclan entre ribetes de colores. Puedo imaginarlo, los brazos en alto del Etnosur, los tobillos frenéticos en el barro del Iboga Sumer Festival y el reflejo de la ribera en el Mar de Músicas. Así fuesen todos.

Pero no. No podía ser. Resulta que existe un mercado nada despreciable en la organización de eventos aparatosos que se jactan de su estética pomposa y estrafalaria -demasiado fucsia para toda una vida- y agrupan a la más selecta categoría de payasos escénicos que, al menos, quedó claro, supieron donde se encontraban: “¡Viva Valencia, Viva España!”. Parece ser que al público le encanta esta mierda y acude en masa a gastar el sueldo del trabajo estacional. En fin, grotesco espectáculo, la masa enajenada por el compás persistente de los tractores a todo volumen, los clásicos arrasados por la metralla, todo tipo de estimulantes y un tipo que se hacía llamar Vicente One More Time y que, presuntamente, se cree muy ingenioso. Esa y mucha menos es la calidad del Medusa SunBeach, un comistrajo repetitivo que algunos llaman techno, o remember, o vete tú a saber. Aunque casi olvido, por otra parte, a los chicos y chicas de la carpa de indie, supongo que ellos pueden quedarse en el purgatorio. Sigue leyendo