Otra moneda para un mundo diferente

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  • “La moneda social con fines de desarrollo comunitario es el único camino pacífico hacia la seguridad económica”

Siempre llego un par de minutos tarde, el hacedor así­ lo quiso, y mientras camino raudo y desangelado por las callejuelas de la Universidad de Alicante, ya deben de haber empezado las Jornadas sobre Moneda Social en un aula recóndita de un edificio anexo a la facultad de Ciencias Sociales cuyo nombre es irrelevante para lo que nos ocupa. El evento, que se extenderá desde el 9 al 11 de abril, nace apadrinado por la Confederación General del Trabajo (CGT) y trae bajo el brazo un concepto que, irónicamente, no es de nuevo cuño aunque sí­ vanguardista: el dinero con fines comunitarios.

Es sorprendente la cantidad de recursos y herramientas con los que puedes toparte en la búsqueda -más o menos afanosa- de la panacea social y de una comprensión profunda de las virtudes humanas. Muchas figuras de ilustre trayectoria intelectual se han adentrado en el azaroso vaivén de estas cuestiones y, si es que algo sacaron en claro, aquellos que esquivaron con destreza la insidiosa vanidad llegaron a la inexorable conclusión de que Occidente vive entre algodones y que su modus vivendi cuenta con una serie de limitaciones que excluyen mirar más allá, hacia una visión alternativa y transgresora de las relaciones sociales. Es aquí donde radica la relevancia de la moneda social, un instrumento que prospera en las cunetas de caminos no tan inexplorados.

La motivación es el cambio, de eso no hay duda, mas queda mucho más por discurrir. Qué clase de cambio -el viraje ha de ser reflexivo y sereno- y respecto a qué. El punto de partida no es una cuestión baladí­ y serán muchos los ponentes que la aborden. La banca y la procedencia de su poder aparecerán, de esta manera, como los protagonistas de muchas exposiciones.

Los entresijos del sistema

Jordi Griera preside la fundación Ineval (Instituto de Evaluación Educativa) y, a lo largo de su argumentación, una idea se repite: “El sistema bancario se atribuye la potestad de crear el flujo monetario y así se constituye como única fuente de riqueza simbólica”. Además, el dinero padece una escasez premeditada que establece una dependencia crónica del sector bancario. El crédito se erige como el único acceso directo a la liquidez, es decir, el crecimiento se basa en la deuda y, cómo no, en los intereses. Este margen asociado al préstamo solo quedará cubierto por otra emisión crediticia, ya que ésta es, como hemos visto, la única manera de generar dinero. Si todo euro proviene de la ‘generosidad’ bancaria, cómo se supone que debemos evitar la morosidad. De esta forma, la burbuja se expande hasta que su inestabilidad provoca el pánico económico y es entonces cuando los bancos cierran el grifo y reclaman el déficit, fagocitando todo lo que, de hecho, tiene valor: empresas, terrenos y todo tipo de propiedades. Según Griera, que ilustra su tesis con infinidad de ejemplos escénicos, este proceso culmina inevitablemente con la banca como propietaria absoluta, ese idí­lico futuro; para ellos, claro. Y así­ es como nos vemos abocados a la esclavitud y a la sumisión económica.

Es difícil de creer que malicia tan dantesca pueda existir pero, para bien o para mal, el Banco de Inglaterra lo confirma. Susana Martí­n Belmonte es experta en modelos alternos y autora del libro ‘Nada está perdido. Un sistema financiero alternativo y sano’. Entre los inicios de su ponencia, trae a colación una certera reflexión de Max Weber en la que se pone de manifiesto su acérrima convicción de que sociología e historia van de la mano: no se puede entender el desarrollo de las civilizaciones en marcos absolutos, el contexto condiciona en gran medida el devenir socioeconómico. De esta manera, la economista señala que nuestro esquema cultural ha derivado en un sistema de relaciones de poder que no está basado en la capacidad de sustento vital. “Se genera el hábito del crédito irresponsable ya que sin burbuja no hay crecimiento, un imperativo que conlleva serias distorsiones estructurales”. Y es que la especulación no da lugar a una riqueza estable, sustituye la productividad y crea una cantidad de dinero ficticio que no se corresponde con los bienes y servicios disponibles.

Martín Belmonte afirma que “es imposible regular el sistema financiero pues dependemos de su moneda”

La crisis, ese anatema diario, fue anticipada por una burbuja global cebada de activos volátiles, o sea, especulativos. Es así que Martín Belmonte establece que la deuda incluye un riesgo sistémico: “El conjunto bancario se alza como contable social y ofrece la posibilidad de hipotecar antes de generar riqueza. Es imposible regular el sistema financiero pues dependemos de su moneda”. Esta relación de vasallaje lleva a la cesión de numerosas ventajas al gran capital para restablecer el flujo crediticio. Prerrogativas que imponen la única forma de maximizar los beneficios privados: precarizar el sector laboral y los servicios públicos. Estamos, de esta forma, sometidos a los veleidosos designios de un puñado de oligarcas. Es por ello que la académica aboga por la moneda social, según ella: “Sustituye la dinámica económica cimentada en la especulación y la escasez por una propuesta colectivista y solidaria“.

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Griera, por su parte, nos explica algunas cualidades requeridas por la moneda social. Si peca de abundancia, puede perder el valor asociado, así­ que un impuesto progresivo como medio de recaudación central será necesario para regular la cantidad en circulación. Asimismo, el factor de oxidación se revela como mecanismo para evitar la acumulación ilegítima de la divisa. Su uso ha de ser puntual y caduco. Por lo tanto, y cito textualmente: “La moneda social con fines de desarrollo comunitario es el único camino pací­fico hacia la seguridad económica”.

Modelos alternativos

Miguel Yasuyuki se dispone a compartir los frutos de sus investigaciones en materia de monedas sociales. Antes que nada, hace un diagnóstico global en el que enumera una serie de países, como Argentina, cuyas menesterosas poblaciones mitigaron la escasez mediante la puesta en práctica de numerosos esquemas de interdependencia cooperativa. Seguidamente, comienza a exponer los diferentes tipos de sistemas monetario o de organización económica.

En primer lugar, se adentra en las divisas cuyo respaldo es una moneda oficial -como el euro- que deberá ser ingresada para la emisión. El chiemgauer es un ejemplo alemán de carácter regional que pertenece a esta tipologí­a. En su caso, cuenta con una tasa por oxidación del 2% del valor en euros, lo que favorece la circulación continua del valor. Además, los usuarios disfrutan de ventajosos créditos sin intereses. Las divisas sustentadas en bienes de valor imperecedero, con sus matices, son cercanas a estos conceptos.

Yasuyuki reflexiona sobre antiguos modelos: “El keynesianismo tiene la capacidad de aplacar la voracidad capitalista pero perpetúa el sistema de producción monetario”

A continuación, el economista japonés se centra en los sistemas LETS (Local Exchange Trading Systems) de crédito mutuo o cambio local. Esta categoría está integrada principalmente por prácticas de intercambio regulado de bienes y servicios, es decir, trueque y bancos de tiempo. Esta última modalidad está cada vez más extendida y basa su funcionamiento en usar como sí­mbolo cambista el tiempo empleado. Su caracterí­stica más destacada es que el saldo negativo no se cristaliza en una deuda creciente hacia un acreedor, sino que se mantienen las cantidades apuntadas a fin de ser solventadas en beneficio de la comunidad.

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Yasuyuki prosigue con su lista aclaratoria en la que resaltan las divisas cuya emisión reside en el crédito, es decir, el sistema de deuda ya descrito, cicatero y corrupto. El riesgo coyuntural de esta opción radica en la hiperinflación por impresión masiva. Por otro lado, es curioso comprobar como este modelo dio pie a una cooperativa de empresas suizas, el Banco Wir -actualmente hay unas 60.000 entidades asociadas-, que participan de este islote económico a cambio de bajo interés y para mantener su poder adquisitivo. Finalmente, las monedas de cuño estatal -como la propuesta británica del positive money o las cuasimonedas argentinas- no tienen por qué estar al servicio de los ciudadanos aunque evitan el pago de los recargos asociados al préstamo bancario. Sin embargo, si el control ciudadano es efectivo, es posible que se alcance cierta soberaní­a monetaria.

El experto nipón pone el broche final a su infatigable exposición con una reflexión de lo más pertinente: “El keynesianismo tiene la capacidad de aplacar la voracidad capitalista pero perpetúa el sistema de producción monetario”.

El í­mpetu catalán

El tópico de la laboriosa diligencia de los catalanes es de sobra conocido, mas cuánta gente duda de su veracidad. Desde luego, no se puede decir que sean unos novatos en materia de organización comunitaria, pues es allí­ donde los movimientos de base cooperativista gozan de mayor éxito y donde se pone de manifiesto la virtud del esfuerzo. Didac Sánchez Costa es fundador de Ecoseny, la primera moneda social de la Cooperativa Integral Catalana (CIC), tal y como aparece en su web, una “iniciativa en transición para la transformación social, mediante la autogestión, la autofinanciación y el trabajo en red”. La dureza de su introducción no tiene desperdicio: “El neofascismo se ha consolidado en los últimos doscientos años, los oligopolios son las nuevas monarquí­as y la jerarquí­a piramidal se perpetúa. Por ello, redefinir la moneda, el átomo de nuestras relaciones comerciales, es profundamente revolucionario”.

Tras la contundencia inicial, Sánchez Costa se sumerge en los procesos y componentes básicos de la CIC, cuya estructura no duda en comparar con las colonias industriales de finales del s.XIX, núcleos de solidaridad recíproca. La describe como un conjunto de ecoxarxes, es decir, entornos económicos alternativos y cooperativos que incluyen variedad de modelos colectivistas como el trueque, los bancos de tiempo, las monedas sociales o las ferias de comercio solidario y local. Lo que se pretende es una revolución integral que actúe en varios frentes, desde la desobediencia económica hasta la participación comunal en la disposición de los servicios públicos. De esta manera, los principales objetivos son el desarrollo cultural colaborativo, la financiación colectiva de proyectos de interés social y fomentar el empleo mediante la filosofí­a del beneficio mutuo.

Sánchez Costa señala las ventajas de las ecoxarxes: “Tenemos hackers que con quinientos euros viven mejor que un mileurista en Barcelona”

“CIC es una amalgama metodológica, en enero de 2009, lanzamos el modelo LETS combinado con un sistema de moneda social y, en 2010, comenzamos con la cooperación en cuestiones laborales, de vivienda y consumo”, alude Sánchez Costa durante el relato de su experiencia. Además, añade que la cooperación, al no descansar sobre la meta de multiplicar indefinidamente los beneficios, puede ser más competitivo que los modelos capitalistas: “Tenemos hackers que con quinientos euros viven mejor que un mileurista en Barcelona, ya que nuestro ecosistema social cubre buena parte de las necesidades vitales”.

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Por otro lado, durante la exposición, el ponente reitera la intención expresa de extender la iniciativa a todos los ámbitos de la vida socioeconómica para constituirse como una propuesta sistémica y opuesta al capitalismo. En este contexto, la solidaridad tecnológica se revela como un requisito crucial para el bienestar ciudadano. Una nueva reivindicación, Free Technology, nace de estas inquietudes y florece en la red a través de asociaciones como Open Source Ecology. Es así­ que Sánchez Costa afirma con rotundidad que la propiedad intelectual frena el avance científico global: “Bill Gates transformó la disciplina informática en un universo cognoscitivo basado en la competición”. Por lo tanto, los resultados de la investigación en software y hardware no deben pertenecer a una minoría de empresas hegemónicas -Microsoft, Apple o Amazon- que vedan el acceso libre de la población a estas herramientas.

Universos paralelos

Las jornadas están resultando de lo más diversas, un escaparate donde aportar diferentes puntos de vista. Es por ello que no quisiera pasar por alto alguno de los análisis más fascinantes. El manto de la historia deja huella allá donde se posa y, a la hora de coquetear con la verdad, ignorarlo suele pasar factura. La trayectoria y la cultura conceptual de cada grupo determinan la ejecución de la realidad social, pues son sus idiosincrasias las que condicionan profundamente los inicios y la progresión de todo sistema de integración económica. Estos son los axiomas que guían las investigaciones de Jordi López Lillo, historiador y arqueólogo, cuya ponencia, repleta de exotismo, sabe a fruta selvática y costumbres foráneas. Después de todo, la condescendencia occidental es una venda de grueso tejido.

El experto nos remonta, por un lado, a tiempos inmemoriales, cuando los reyes mostraban sin rubor su inicua naturaleza. El protagonista de la historia es un monarca, uno cuya megalomaní­a no conocía límites y que, con el objetivo de incrementar su poder, dispuso que todo intercambio comercial se ejecutara a través de una moneda que sería facilitada desde palacio. El tirano, que era malo pero no tonto, se encargó de suministrar la divisa local en exiguas cantidades, de modo que la consecuente carestía redundara en la dependencia crónica y jerárquica de la población. En la cima, la corona, única fuente de liquidez. Así fue como mantuvo el status quo. Para López Lillo, somos herederos de ese formalismo, de la esencia política de aquellas sociedades, y “nos vanagloriamos del libre mercado como único marco estructural”.

El historiador comenta las singularidades de diversas culturas: “Los esquimales usan la misma palabra para designar a sus semejantes étnicos y para referirse           al ser humano”

El joven académico discurre por los postulados de su exposición mientras cita a numerosos autores como el escritor e intelectual francés George Bataille, quien sentenciaba que no se trata de producir todo lo posible, sino todo lo necesario. De esta manera, el arqueólogo sorprende al describir multitud de colectivos indígenas que trabajan para el prójimo, es decir, cada familia sustenta a las demás. Al parecer, en Bolivia existe una costumbre comunitaria denominada ayni por la cual se practica la solidaridad productiva: los vecinos deben ayudarse mutuamente a cambio de hospitalidad y de un compromiso recíproco: “hoy por ti, mañana por mí”. Las culturas inclusivas no abundan, pero podemos aprender mucho de ellas si observamos con atención. López Lillo es partidario de esta actitud y remarca: “Los esquimales usan la misma palabra para designar a sus semejantes étnicos y para referirse al ser humano. Esta particularidad cultural fomenta un ambiente de tolerancia y empatí­a entre los individuos, cómo vas a ningunear a uno de los tuyos”. Uno no puede hacer más que maravillarse ante la filosofía vital de estas sociedades.

Por otro lado, cabe destacar las alusiones del historiador a los entresijos del materialismo clásico: “Karl Marx y Adam Smith concebían el valor de los bienes y servicios conforme al trabajo requerido mientras que el neoliberalismo lo asocia a la disponibilidad de los recursos, cada perspectiva conlleva una manera distinta de abordar la realidad”. Para Marx, el dinero puede ser un fin o un medio y es en esta dicotomí­a donde se hunden las raíces del ordenamiento social. Asimismo, podemos afirmar que la consecución del bienestar común y la horizontalidad están supeditadas a la transgresión de los valores tradicionales.

Deshacerse del hermetismo occidental es una tarea de lo más complicada pero, visto lo visto, también puede llegar a ser una aventura hacia lo desconocido, una travesía apasionante más allá de la comunicación global y la tecnología 4G.

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